Carta… pese a la huelga

Como no sabía si dirigir esta misiva a los huelguistas o a los gobernantes, prefiero no hacerlo a ninguno de los colectivos en particular sino a todos aquellos que hemos asistido como espectadores a unos días realmente tensos  y tremendamente desagradables para cualquiera que se sienta parte de una sociedad.

No creo que sea fácil forjar una opinión justa sobre este asunto. Te pido que tú tampoco lo hagas. Opiniones fáciles ya hay muchas. Aquellos que forman parte del enconado grupo de españoles “anti-Zapatero” ya vierten fácilmente sus críticas al gobierno y se encargan de convertir la profecía del Apocalipsis en la realidad social más evidente. Los que están inscritos en el club pro-gubernamental están demasiado ocupados buscando sinónimos de “crisis”, “trasvase” y entrenándose para cualquier día aparecer en el Pasapalabra y poner en verde la rosca millonaria. Luego hay una mayoría de ciudadanos a los que lo único que les preocupa es lo tarde que llegan a trabajar, los atascos, el desabastecimiento de los súper… en definitiva, las consecuencias que la huelga les depara a ellos y sólo a ellos. Pero un ejercicio de empatía no vendría mal en estos momentos para, si hace falta, mantenerse en silencio intentando ponerse en la piel de los actores principales de este asunto.

No me gustaría estar en la piel del Presidente del Gobierno, ni de algún ministro, ni del Secretario de Estado, ni de la funcionaria que se sienta a negociar en la mesa, ni del delegado del gobierno, ni del comisario de seguridad ciudadana, ni del jefe de los antidisturbios, ni del policía que, porra en mano, debe intervenir. Opinión fácil: para eso cobran. Yo ni cobrando eso quiero ponerme en su lugar. Por un lado, pocas cosas puedes hacer a corto plazo para resolver la situación. Por otra parte tienes que intentar paliar el problema cuadrando números y medidas. Y además mantener la legalidad y el orden público ante una situación tremendamente compleja.

Menos me gustaría estar en la piel de quién se ve abocado a una huelga de estas características porque ya no ve otra salida. No me gustaría descubrir que gano lo mismo trabajando que parado. No me gustaría tener que montar este follón para que alguien me escuche. No me gustaría sentir el peso de las miradas de todos, injustas en su mayoría. No me gustaría tener que tomar medidas desesperadas porque peligra la comida de mis hijos.

Todo nos estamos viendo afectados, sí. Y está siendo incómodo para todos. Pero qué fácil es hablar desde la comodidad del sillón de espectador. Qué fácil y qué injusto.

Todos cumplen con su papel. Los gobernantes y las fuerzas de seguridad están haciendo lo que, posiblemente, deben hacer. Hay cosas en esta huelga que están fuera de la legalidad. Y el gobierno, en un estado de derecho, debe mantener la legalidad. Y los trabajadores en huelga apretando las tuercas porque ya no pueden más. Y aquí quiero diferenciar entre “legal” y “lícito”. Estoy convencido de que hay acciones que son ilegales que, encuadradas en una situación concreta, son totalmente legítimas. Cualquiera puede buscar en el diccionario de la RAE la diferencia…

Nos vienen tiempos difíciles. No será la última de éstas en la que nos veamos. Por eso todos debemos luchar cada día por construir un mundo más justo, diferente. No es posible a corto plazo pero los que tenemos hijos estamos dispuestos a rompernos los cuernos por un futuro con más verdad, con menos pobres, con menos ricos, con más justicia, con menos consumismo, con más árboles y con más osos, con menos aparatos, con más sonrisas, con menos armamento, con menos fronteras, con más tiempo libre, con más imaginación, con menos intereses y más niños.

Un saludo

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Carta a propósito de un nombre

He pensado mucho escribir esta carta y, finalmente, he decicido hacerlo. Da la casualidad de que no me encuentro en España sino que estoy de curso en la encantadora Freiburg, al sur de Alemania. ¿Me permitirá eso salirme un poco de mi España para hablar sobre uno de los problemas que no damos acabado de solucionar? Ojalá. Este frío continental aclara las ideas y alejado uno del calor sureño piensa mejor: una mente abierta al mundo y en el mundo es medicina que a más de uno le tendrían que recetar.

Hace unos días tres políticos se “dejaron preguntar” en un programa de la TV pública española. Uno de ellos era Josep-Lluís Carod-Rovira, máximo dirigente de Esquerra Republicana de Catalunya y, actualmente, vicepresidente de la Generalitat de Catalunya. ¡La que armó! Yo no vi el programa en directo pero fueron tantas las referencias surgidas en los diferentes periódicos nacionales al día siguiente que la curiosidad fue mayor que mi desinterés. Busqué el vídeo en YouTube y allí encontrá la media hora, más o menos, en la que Carod responde las preguntas de los ciudadanos seleccionados. Carod no es una persona que me provoque simpatía y no comparto la mayoría de sus ideas políticas. Pero esta apreciación personal no puede hacerme perder de vista que Carod tiene sus ideas, su visión de España, sus argumentos y que todo ello es perfectamente respetable. Para mi, en esa media hora, no dijo ninguna barbaridad ni cometió ningún improperio. Expuso su visión y sus opiniones. Ya está. ¿Por qué esto debe causar tanto revuelo? ¿Por qué nos escandalizamos de que alguien plantee la república, la autodeterminación, la independencia…? Son ideas políticas como sus contrarias. Yo puedo no estar de acuerdo pero eso no criminaliza las opiniones de una persona. Hecho de menos que este país sepamos debatir con un mínimo de educación, equilibrio, sosiego y calidad argumental… ¿Qué le vamos a hacer?
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La polémica principal pareció desatarse por la insistencia de Carod ante dos espectadores explicándoles que él no se llamaba “José Luis” sino “Josep Lluís”. ¿Qué incorreción hay en esto? Yo no la veo. Creo que el nombre es algo personal y absolutamente inmutable. Y lo peor es la pobre excusa: no saber catalán. La segunda señora fue un poco más allá y dijo que ni lo sabía ni le interesaba conocerlo… Desde Freiburg, Europa, y mirando con perspectiva… ¡Qué incultura! ¡Qué cortedad de mente, de horizonte!

Los nacionalismos (español, catalán, vasco, gallego y otros) están perdiendo la gran oportunidad de saber valorar la riqueza lingüística y cultural que abunda en España. Las incoherencias de unos y otros, las malas políticas, el ansia de poder y pasar a la historia… están llevando a confrontar en unos temas que otros en el mundo han sabido vivir como riqueza. Me entristece comprobar la falta de equidad en este tema y la apuesta por la venda en los ojos para defender cada uno su parcela. Como si no nos bastara con una Historia complicada como para intentar complicar el presente enredando más y más… Yo hablo gallego, catalán, castellano e inglés. Y me enorgullezco de ello. Y me enorgullezco de conocer dos de las lenguas que son oficiales en territorios que forman España. Eso es también España. Y me enorgullezco de conocer el castellano y de presumir de una cultura común a todos milenaria y universal. No veo razón para la incompatibilidad.

Sé que es un tema complicado pero escribo esta carta no tanto como apoyo a Carod (que a veces no hace lo que predica) sino como llamada a la reflexión. Los treinta minutos fueron reflejo de una España que no se acepta a si misma, de unos nacionalismos que no aceptan a España y de unos ciudadanos tremendamente pobres, pobres, pobres… Carod es igual de problemático en este país que esa señora que despreció el catalán. Así lo veo.

Yo, mientras, seguiré llamando a cada uno por su nombre. Paco, Juan, Jordi, Txema, Xurxo, Alberto o Idaira. No es un esfuerzo, es un placer.

Un saludo

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