#Narraluz 60

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– ¿Tú que haces esta noche: agradeces el año vivido o celebras la oportunidad del que está por nacer?

– Qué profunda estás esta noche tía…

– Es que me gusta saber por qué salgo de fiesta exactamente…

#Narraluz 59

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Me deleito con su fragancia y el sonido de sus gentes. La voz gastada de Charles Aznavour sale de un comercio y llena el paseo lleno de luces. Es Navidad y ningún sitio como París para celebrarla.

Más de dos años han pasado desde aquella JMJ en Madrid en la que nos conocimos, cantándole al Señor y dándole vivas al Papa. El Cristo que nace es el mismo que nos presentó. Aquel que nos rescató de la oscuridad es, hoy, la luz que nos hace brillar y ser luz para otros.

 

#Narraluz 58

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– Se acabó – me dijiste apoyada en la puerta de la cocina.

Estabas herida pero el dolor no te inquietaba; llena de la serenidad propia de la que lo abandona todo por un tesoro aún mayor.

– Fuerza y valor – te dije. – Creo que todo será para bien.

Y te abracé.

#Narraluz 57

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Cuesta. Cuesta ser consciente. Tanta tienda, tanto anuncio, tanta bombilla, tanta fiesta, tanto fútbol, tanto… que cuesta darse cuenta de toda la suciedad que hay en el mundo. Ciegos. Atontados. Drogados. Esperando que venga otro y limpie mientras nos escondemos detrás de whastapps en un grupo “flower-power”…

Y millones de corazones a juego, para no desentonar…

 

#Narraluz 56

Cuando las cosas se ponen feas, no nos queda más remedio que ser valientes.

Hay momentos, días, épocas… en los que de nada valen las palabras, en los que el tiempo de la preparación termina. Todo lo leído, todo lo estudiado, todo lo orado, todo lo aprendido, todo lo meditado, todo lo vivido, todo lo herido y todo lo curado… todo lo amado… cobra sentido. Es el tiempo de los hechos.

Ha llegado mi momento. Cronómetro a cero. Comienza la gran batalla.

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#Narraluz 55

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Lo intentas pero no es posible. No es posible dejar de ser quién eres, vestirte de otro, cubrir tu rostro, esconderte de mi. No te engañes, conozco a mis hijos. Te conozco y… te quiero.

Me da pena ver cómo tiras tu vida de terraza e terraza, buscando lo que nunca encontrarás fuera de ti. No me acostumbro a verte solo, escapando de tu sombra, con el alma pasando frío…

Levanta la cabeza. Mírame. Estoy aquí mismo. Esperándote.

 

#Narraluz 54

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Tengo ganas de volver. Cada día más. Tengo ganas de volver.

Tengo ganas de escuchar las gaviotas. Tengo ganas de ir a misa a S. Jorge. Tengo ganas de tomarme un chocolate con churros con mamá. Tengo ganas de pasarme la noche hablando de la vida con mi amiga del alma. Tengo ganas de pasear de adulto lo que paseé de niño. Tengo ganas de tomarme una tapa a la sombra de María Pita. Tengo ganas de andar los pasillos de mi cole y saborear cada recuerdo, cada rincón. Tengo ganas de ser coruñés en Coruña, de nuevo. Tengo ganas de llorar y que mis lágrimas rompan con las olas del Atlántico. Tengo ganas de celebrar el sol y maldecir la niebla.

Tengo ganas pero… Dios me quiere aquí.

#Narraluz 53

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Te miro y tengo que hacer un esfuerzo por reconocerte. El brillo de tu mirada ha hecho la maleta y su paradero es desconocido. Tu piel, suave y blanca, ha envejecido y raspa al tacto. Aquella melena preciosa, envidia de toda la clase cuando íbamos al cole, está teñida de dolor y pecado. Te miro y veo a alguien que quiso jugar y ha terminado la partida apaleada.

Te encontré por fin. Déjame que te abrace. Déjame que bese cada uno de tus pedazos, que acaricie ese pelo como antaño. Es momento de volver a empezar, de reconstruir lo derruido, de sanar lo herido, de recuperar el verde esperanza de tus ojos.

#Narraluz 52

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– ¿Me estás escuchando?

Obviamente no. Ni siquiera respondiste. Tu mirada estaba fija en el teléfono y tus dedos bailaban enloquecidos sobre su teclado.

Me levanté y me fui al baño. Lloré. Lloré como nunca lo había hecho. Lloré por nosotros. Lloré por mi. Me sentía tan sola… ¡tan abandonada! Despreciada, empequeñecida, maltratada.

Antes de acostarme, arropé al niño y apreté con fuerza su osito de peluche. Y quise volver a ser niña,.

#Narraluz 51

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De mi padre aprendí a mirar arriba, con la cabeza alta, llevando la mirada a tejados, balcones, nubes, cielos, gárgolas, rostros…

Cuando uno se acostumbra a vivir mirando abajo… el mundo es tan triste, el paisaje tan desesperanzador. Todo se torna impersonal, gris, indefinido; uno se siente pequeño, uno más, incapaz de cambiar nada.

Por eso, empieza por levantar la cabeza. Sacude el peso que te oprime, no es real. Y mira más allá, alarga tu mirada, encuéntrate con la belleza colorista y caprichosa de un mundo que te llama, de un mundo que te espera.

Y empezarás a disfrutar.

 

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