Carta a Ennio Morricone

Querido Sr. Morricone,

¡qué placer escribirle! ¿A qué no sabe que sale por los altavoces de mi ordenador en este preciso instante? ¡Las notas de su pieza “Gabriel’s Oboe”, de la película “La Misión”! ¡Cómo agradecérselo!

Después de varias cartas de un claro tono político, ciudadano, hoy me he decidido por escribirle a usted y dar rienda suelta por completo a mis sentimientos. Uno a veces se cansa de escuchar, de razonar, se suponer, de argumentar, de criticar, de planificar, de trabajar, de preveer… Esa vida de adulto es muy cansina, sr. Morricone. A veces uno necesita que el niño que lo habita “salga del armario” y pinte de color la vida. El niño que me habita es un apasionado de la música, de todo tipo de música. El niño que me habita es capaz de estar sentado horas y horas frente a unos altavoces. El niño que me habita, entonces, vuela, baila, se ríe, se estremece, siente… ¡Y eso es maravilloso! ¡Eso no se paga con dinero!
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Descubrí la película “La Misión” no hace mucho. La había visto ya hace muchos años pero descubrirla, lo que se dice descubrirla, hace poco. Desde entonces ha pasado a ser uno de mis filmes favoritos. Y estoy convencido de que su banda sonora, compuesta por usted, tiene mucha culpa. No quiero reducir a unos cuantos piropos todo aquello que me hace sentir Sr. Morricone. Tal vez sólo puedo decir que su pieza central me hace sentir VIVO y como tal, enamorado de la vida y vulnerable. Su oboe me estremece, me sobrecoge. Su oboe eleva mi espíritu y lo lleva de viaje por “las minas últimas de mi ser”, como decía el poeta Pedro Salinas… ¿Cómo se hace sr. Morricone? ¿Cómo se consigue esto? Si es verdad que todo pintor está en su cuadro, que todo poeta está en sus versos y que todo músico está en sus composiciones… perdóneme que le diga que estoy enamorado de usted. Así de claro. Para componer este tema hay que guardar algo especial en el corazón. Algo valioso. Algo que usted ha compartido con la humanidad. Gracias, sr. Morricone.

Me despido diciéndole que hace ya tiempo que he decidido (y comentado con los más cercanos) que esta pieza suene a la hora de mi muerte. Cuando ya no esté, me encantaría que la gente me recordara a través del oboe del P. Gabriel…

Un fuerte abrazo

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