6 – Miro mi rostro

Miro mi rostro
en el charco de mi existencia.
Me reconozco.
Respiro aliviado.
No hay peor castigo,
ni precio más alto
a pagar
que aquel que sufre
el que, mirándose en un espejo,
no se encuentra.

Claro que existe el infierno,
y quema.
Abrasa.
Consume.
Llega poco a poco,
decisión a decisión,
opción a opción.
Y cuando te das cuenta de que has llegado…
ya no hay marcha atrás.

Claro que existe el infierno.

5 – Enviados

Enviados,
siendo voz y familia
allí donde nos encontramos.

Enviados,
sin más pretensión
que amar y ser amados
allí donde nos encontramos.

Enviados,
con más sonrisas que miedos,
descalzos los pies
y abiertas las manos;
siendo uno
allí donde nos encontramos.

4 – Doctor, ayuda

¡Doctor, ayuda,
el dolor ha vuelto!

¡Ayuda, doctor,
me muero,
he despertado del sueño!

Píncheme, doctor,
anestésieme.
Enchúfeme de nuevo el suero,
que quiero seguir viviendo sin sobresaltos ni duelo.

¡Y las visitas que se vayan!
¡Qué descansen su esperanza en otros lechos!

¡Que me dejen, doctor,
que me dejen vivir muriendo!

3 – Sólo rozar tu alma

Sólo rozar tu alma
me rompe.
Precioso tesoro,
cima inalcanzable,
selva virgen,
de la que nada sabe google.

No pisar,
dice el cartel.
No pisar,
ni tan siquiera descalzo.

#abrázame. Sin más.

2 – Navegar en cada lágrima

Navegar en cada lágrima,
como capitán sin barco,
un tanto loco,
sin más pretensión
que surcar hasta el infinito las olas.

Descansar en cubierta,
a la intemperie,
sin más tripulación que mi fe;
con la piel curtida,
robustos los brazos,
y las piernas,
y polvo en los pies
secos,
agrietados,
sedientos de océanos pacíficos.

Capitán sin timón,
sólo con catalejo.
Capitán grumete soy.

 

1 – Saborear la oscuridad

Saborear la oscuridad.
Tocar la ausencia.
Sentir la nada.

Ver la luz escaparse entre los dedos
y gritarle al tiempo que se quede,
que no se vaya,
sollozando,
aterrado.

Mirar hacia arriba y verte;
clavar mis ojos en Ti
y pedirte, como un niño encaprichado,
que me des lo que te pido.

Y en ese mirar tuyo,
quieto y silencioso,
verme
y
aprender a amarme.

Reflexión a la luz de Charlie y de Wonka

Siguiendo ya una tradición, y no dejando que se escape ni una sola de las emociones que me habitan, me siento a escribir tras un estreno. De noche, acompañado de la soledad que me conoce mejor que yo mismo, me abajo, me pliego, recojo mis alas y hago silencio. Y en esa inmensa quietud del alma me brota un agradecimiento profundo.

Vivir agradecido es el secreto de Charlie. ¿No os dais cuenta? Charlie vive en un mundo que los demás ni atisban. Es el secreto de los pequeños, de los que no necesitan más para vivir. Charlie es el único niño que subió hoy al escenario, porque fue el único capaz de mirar todo lo que rodeaba con ojos de agradecimiento. Charlie no necesitaba ni el premio, ni la fábrica. Charlie se sabía querido y amado había crecido, aunque para los ojos ajenos su vida fuera una mierda. Charlie gana simplemente porque no necesitaba hacerlo para ser feliz.

Amigos… ¿No os dais cuenta de que esto es mucho más serio de lo que parece? ¿No os dais cuenta? ¡¿Cuánto hace que hemos olvidado al Charlie que un día fuimos?!

Mi vida tiene rincones oscuros, estancias en las que me da miedo entrar. Sólo en las noches en las que la luna proyecta la suficiente luz… entro y, una vez allí, no dejo de llorar. No es miedo, ni tristeza… Es silencio. Un silencio que proyecta todo aquello que soy y de lo que a veces me avergüenzo. Es la cara de mis hijos y el terror que me produce equivocarme con ellos. Es la mirada de mi mujer y la sensación de que se merece mucho más de lo que yo soy. Es el rostro de los amigos que viven lejos y querría cerca. Es el beso de mi madre al dormirme que ya no tengo. Es la imagen conmovedora de lo que no consigo ser. Es la herida de la batalla que luché y gané y también es el humeante despojo de la batalla que luché y perdí. Es el sueño que no acaba de llegar, el dolor de no saber cómo y la impaciencia por llegar a ser aquello para lo que Dios me ha traído al mundo… una impaciencia que me muerde y me daña cada día.

Mi vida no está exenta de sufrimiento, como la tuya. Porque amamos, porque tenemos algo que perder o, simplemente, porque nos hemos perdido, porque ya no nos reconocemos en el espejo. ¿Os acordáis de aquello que un día queríais ser? Nuestra casa, como la de Charlie, muchas veces se queda pequeña también y se torna fría cuando llegan la ventisca y el hielo. La rutina del repollo es un sabor tan conocido… ¿verdad? ¿Dónde se esconde el chocolate?

Charlie vive agradecido. Con su casa pequeña, con el frío que entra, con el repollo en el plato, con la pobreza que le rodea, con los sueños que son sólo eso, sueños… Charlie vive agradecido y es ese agradecimiento el que le permite disfrutar del asombro arrebatador que Wonka trae a su vida. ¿Hay palabras más profundas que las que Charlie pronuncia en silencio durante la larga visita a la fábrica? ¿Hay grito mayor contra todo aquello que nos imponen, basado en el tener, en el conseguir, en el satisfacer aquí y ahora?

Creo en Dios. Sí. Creo. Por eso veo en el señor Wonka su rostro divino y su divina alegría y esperanza. El cielo debe ser parecido a su fábrica. Sólo un niño es capaz de entenderlo. ¿Recordáis la palabras de Jesús? “Sólo el que es capaz de hacerse como uno de estos pequeños, llegará al Reino de los Cielos…”. Los adultos no entendemos la fábrica de Wonka. Nos parece un cuento chino, producto de la imaginación infantil… ¡Cómo si eso fuera malo! Sustituimos a los oompas por máquinas, buscamos cómo aumentar la producción de chocolatinas para sacar más beneficio, sólo fabricamos lo que interesa a los compradores y, llegado el momento, la vendemos al mejor postor. Wonka es Creador, Inventor de Sueños, Hacedor de Esperanzas. Como Dios. Su fábrica es su regalo. Pero sólo aquel que lo agradece en silencio, sólo aquel que se sabe amado, es capaz de aceptarlo cuando llegue el momento. Wonka no juzga. Wonka no elimina. Wonka no elige. La fábrica está ahí para todos… pero no todos son capaces de aceptar el Espíritu que encierra.

No hacemos teatro para los niños, amigos, aunque os lo creáis. El teatro nos hace a nosotros. Miraos el espejo esta mañana. Sois distintos, sois mejores. Dad gracias por ello. Afrontemos el hoy siendo agradecidos. Pese a nuestras casas pequeñas, nuestros abuelos mayores, pese a los fríos que nos asedian, al hambre que padecemos, al chocolate que no tenemos… Las puertas de la fábrica están ya abiertas… ¿No las veis? Estad alegres y vivid felices. Nada necesitamos. Todo lo tenemos.

Quiero terminar reconociendo que no ha sido una obra fácil. He sufrido, me he enfadado, no he estado lo que me gustaría, he fallado, me he visto desbordado… Pero esta tarde, con el punto y final pronunciado por Noe, magistral Charlie, todo eso fue arrastrado por el río de chocolate. Y sólo me invadió un GRACIAS muy grande y emocionado.

Todos y cada uno hemos dado lo mejor que tenemos, incluso aquello que no sabíamos que teníamos. El amor nos mueve. El amor nos cambia. Sigamos así. Pese a los desencuentros, a las disensiones, a las turbulencias, a las incomprensiones, a las diferencias… vale la pena encender la luz e iluminar un mundo suficientemente oscuro. Somos más de lo que pensamos. Somos el testimonio vivo de que es posible. Y no dejaré de luchar para que así siga siendo. Y cuando falle, me perdonaréis y cuando acierte, me abrazaréis. Y que cuando no estemos todos… nos echemos de menos. Unidos en la luz, siempre venceremos.

Os quiero tanto.

Santi

 

El arco iris de los Escolatrios

Cuenta una leyenda que hace muchos, muchos, muchos años, existía en la noble y doctorada ciudad de Salamanca, un grupo de hombres y mujeres que pasaban sus días, y sus noches, a la caza de arco iris. En la ciudad se les conocía con el nombre de Escolatrios.

Los Escolatrios eran personas diferentes a las otras personas y, a la vez, tremendamente parecidas a todas ellas. No destacaban por nada especial, ni sobresalían por su porte ni por su clase; en cambio, el aroma que dejaban a su paso distaba mucho del que dejaban otros. En sus bolsillos no portaban oro ni plata, sin embargo, siempre llevaban de sobra para repartir a todos los niños y las niñas que, al verlos venir, se agolpaban a su alrededor. Sus caras, de una belleza común, pasaban desapercibidas los domingos de sol y misa, en la Plaza Mayor; aunque los que habían tratado con ellos decían que nunca les habían visto tristes. No vivían juntos y cada uno guardaba su casa a la mejor manera. Eso sí, compartían la vida y no había uno de ellos que no hubiera sembrado una pequeña semilla propia en la vida de los otros. Los Escolatrios bailaban todos los días, ya lloviera, ya resplandeciese el sol. Los Escolatrios eran, sin duda, las más especiales de las personas comunes.img-20161121-wa0033

Se cuenta que en el grupo reinaba la diversidad, la sana diferencia, la variedad de dones y gracias y que, con maestría, sabían ellos adecuarse unos a otros sin que, nunca, al menos que se sepa, tuvieran graves desencuentros o rupturas irreconciliables. Los Escolatrios eran altos y bajos, finos y gruesos, rubias, morenas, calvos y de castaño oro. Los había con gafas y sin ellas, tímidos y exuberantes, tiernos y avasalladores, con voz dulce y con truenos en las cuerdas vocales. Gráciles y patosos, más o menos graciosos, de insultante osadía y de cauta prudencia. Era, para que nos entendamos, un pequeño universo lleno de estrellas brillantes, cada una a su manera, mas todas portadoras de luz.

Cuentan aquellos que oyeron la original historia, que los Escolatrios salieron en grupo a cazar, en una ocasión, un pequeño pero lindo arco iris, que ponía uno de sus pies en Peralta de la Sal y el otro en un perdido pueblo de los Pirineos. Allí marcharon tras entrenarse y prepararse durante días, con el fin de conseguir la preciada presa y de mostrarla, orgullosos a toda la ciudad de Salamanca. Lo que se encontraron obligó a cada uno a dar lo mejor, a descubrir rincones olvidados de sus almas, a sacudirse la pesada carga de la vida adulta que, autoritaria y convincente, se había hecho con el lugar a costa del niño que a todos habita. Los Escolatrios supieron plantar batalla.

Luis, Elena y Mª Jesús llamaron a la verdad honda del ser humano y le contaron al arco iris que, en la vida, no es todo color, ni tampoco sombra. Se descubrieron familia y sacaron lo mejor de ella en los momentos más delicados. Elena es, sin duda, la más guapa de la casa, tal vez porque no se lo cree. Mª Jesús ve lo bueno de la gente y sana con la paz que sale de su boca. Luis acepta sin entender y sabe convertir en palabras los más largos de los silencios.

IMG-20161121-WA0034.jpgSusana no es María pero es virgen como ella. Es virgen porque está disponible, porque no le dice no a la vida, porque sus ojos sonrientes siempre son hogar para las buenas noticias.

Mª Ángeles, Begoña, Eli, Rosa, Saray, Casandra, Sonsoles… hicieron de lo cotidiano un lugar sagrado. Llamaron al arco iris a golpe de normalidad, de fidelidad, de saber celebrar aquello que merece la pena, de saber acompañar en lo malo… y también en lo bueno. Mª Ángeles es una caricia de niño, de esas que saben a poco siempre. Begoña sube el tono de la vida y la coloca a una altura certera, con seguridad pausada y necesaria firmeza. Eli sabe ver sin abrir los ojos porque confía en que nada malo pasará. Rosa es la cautivadora imagen de la sencilla mirada que, tras negruras y cestos, guarda secretos que salvan. Saray es la que busca y encuentra, la niña curiosa que destapa la magia a fuerza de ponerse sombreros de copa. Casandra es aire indomable, cálido e inquieto; picante que despierta gustos dormidos. Sonsoles se ríe y la humanidad respira creyendo que la esperanza todavía no ha sido secuestrada.

Noelia y Loreto hicieron del servicio su mejor arma y demostraron que no es mejor quien preside sino quién sirve. Noelia es la palabra justa, amable, linda hasta decir basta, que sabe contar la vida en su plenitud desde su corazón alegre. Loreto es la creatividad que nos habita, el trazo que da forma a la idea, la que nos puso bigote y nos vistió de fiesta.

img-20161121-wa0031Andrés, Quique, Juanmi y Ángeles le contaron al oído al arco iris que los reyes que mejor gobiernan son aquellos que buscan consejo y que los líderes que necesitamos son aquellos que unen y llaman a la misión. Andrés manda y mucho, porque calla, otorga, cuestiona con tino y sabe situar en el centro, ante todo, lo bueno de todos. Quique sabe que los escuderos deciden batallas y que la derrota no es tal mientras la bandera no sea arrebatada; su ánimo inquebrantable es el mejor estandarte del mundo. Juanmi es consejo medido, voz modulada, palabra que brota en el momento justo, que burla la temeridad y que sosiega a los corazones indecisos. Ángeles es noble, lo era y lo será, porque su corazón no conoce otro idioma, porque conoce al Señor al que sirve.

Estíbaliz, Rosana, Cris, Dori y Cris molestaron al arco iris sacando al cielo más colores que él mismo. Porque no hay Pirineo que no escalen, baile que no bailen, rosa que no cultiven, niñez que no conozcan, ilusión que no les pertenezca, sabor que desconozcan. Han sido la cumbre, el pico, la gloria. Estíbaliz es la anti-moza que enamora detrás de unas gafas que la protegen del viento frío de la montaña. Rosana  es munición pesada, granada de mano, tsunami, vendaval, torrente y huracán. Cris y Cris se llaman igual y se completan con acierto; siendo una un enjambre inquieto de fantasías y la otra la eterna musa del misterio del que hablan los zorros y las rosas. Dori es descanso en el camino, agua cuando la fatiga llega en el camino, mano abierta, presencia sincera de mirada rebelde mas verdadera.

Javi lo volvió a hacer, poner la voz al Santo, dibujar rostro a aquel por cuyo rostro los niños se agolpaban en las nuevas escuelas de Roma. Javi es el que nos llevó con magistral mano del escolapio al escolatrio, del que lo da todo por los niños en la escuela al que ha descubierto en un teatro de escuela cómo darlo todo. Javi siempre puede, porque se lo propone y porque nos enseña a todos en este grupo que nada hay escondido que no pueda ser hallado.

Y Raúl, el que no se ve pero sin el que nada sería posible, el que no tiene necesidad de actuar porque el suyo no es un papel… él es así y, por eso, es escolatrio. No sabe más que salir de sí y darse sin reservas, calladamente, intentando no levantar la voz ni llamar mucho la atención. Él es el fruto que brota callado del árbol y que alimenta al que lo necesita.

img-20161121-wa0060Y, por último, la leyenda cuenta que en los Escolatrios crecían ya valerosos guerreros, comunes y fuera de lo normal. Eran escolatrios hijos de escolatrios, que conocían, por tanto, de qué iba eso de cazar arco iris, desde que eran bebés. Su mirada era su prueba y su valor se demostró con creces en esa misión. Ellos era el orgullo de sus padres, sus tesoros más preciados, ellos eran aquellos por los que valía la pena dar la vida sin importar las consecuencias. Llegaron con fuerza y con descaro, haciendo tambalear los sólidos pilares del grupo. Sacaron sus cabezas entre los escolatrios mayores y burlaron las serenas certezas de los adultos que iban por delante. E hicieron bien, porque ellos son así y porque, así, necesitan todavía aprender a ser.

Alba es niña de mirada pícara, mucho más guapa de lo que se cree y de sonrisa juguetona; un tesoro escondido, una perla sólo al alcance de quien sepa ir más allá de sus ojos bonitos. Claudia es niña de certera puntería, pulso firme y personal destreza; un tesoro de lindos ojos claros que sospecha el valor de lo que tiene y que lo defiende sin vacilaciones. Marina es niña de preciosa sonrisa, de corazón grande y alas capaces de subir allí donde otros no llegan; un tesoro que juega al escondite, rico en gestos y en santa locura. Álvaro es niño de corazón dócil y disponible, siempre presto a la ayuda y de gran bondad; un tesoro al que se llega con el lenguaje de la paz, un tesoro de ojos bonitos y tiernos.

Los Escolatrios cazaron el ansiado arco iris pero como ellos son así, decidieron soltarlo una vez lo habían conseguido. Como Ulises, ellos saben que es el camino el que enseña y que Ítaka no es más que la recompensa del que decide salir e intentarlo.

Esta noche el cielo pinta de otro color y, en algún lugar del planeta, un niño recibe con esperanza la buena noticia de que el mundo es hoy, sin duda, mejor.

Un abrazo fraterno a todos

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Una nana para la rosa

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Mi rosa no está en su mejor momento. Yo la riego, la pongo al sol, cambio el biombo de orientación varias horas al día… pero no consigo que recupere su vigor y ese rojo vivo que tantos insectos atrae al final del día.

Ella, cada mañana, despereza sus pétalos lentamente, como si una invisible capa de aire pesara sobre ellos, me mira y me dice que puede, que no me preocupe, que sabe lo que le pasa y que espera en unos días estar mejor. Pero no es posible no preocuparse por ella. ¿Cómo puedo hacer eso?

Intentaré que el agua esté más fresquita, que los rayos del sol lleguen a ella con más suavidad, que el biombo la deje ver más allá de las estrellas y que piense que nada de eso es por ella. Y por las noches, mientras intenta dormir, le cantaré una nana desde el rincón más escondido de mi pequeño planeta.

Sigamos, amigos, sigamos…

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La luz tenue de mi habitación, tímida y atrevida, me invita a no cerrar los ojos sin saborear la palabra de la noche: GRACIAS.

Sin saber muy bien por qué, unos cuantos amigos se han empeñado en empapelar mi corazón con esa palabra, GRACIAS. Les he repetido, una y otra vez, que yo no he hecho más que ser yo y que el resto lo hicieron cada uno siendo ellos. Pero nada, erre que erre.

Yo estoy feliz. Me veo casi recién llegado, en un restaurante magnífico, rodeado de amigos… y pienso que Dios me cuida. “A Dios no hay que ponerle a prueba” les digo a los niños en el oratorio. A Dios hay que dejarle hacer… Cada persona de las que estaba alrededor de la mesa esta noche era, sin ser muy consciente, la respuesta de Dios a nuestra decisión de dejarlo todo por un sueño. Dejamos casa, dejamos ciudad, dejamos trabajos, dejamos amigos, dejamos familia… Y Dios responde obrando el milagro.

Lo que me apetece ahora es abrazaros a cada uno, sin prisa. Y tal vez, llorar un poquito. Hay confianza como para tener que disimular.

Sigamos amigos, sigamos… El mundo es mejor con vosotros. Todavía nos quedan muchas historias que contar y si no las contamos nosotros… ¿quién lo hará?

Un abrazo fraterno e inmensamente agradecido

Santi

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