Carta en tiempos oscuros

1 10 2009

Aquí estoy otra vez. Sumido en tiempos de oscuridad, en momentos de dificultad.

Laboralmente las cosas están complicadas. Después de los despidos de este pasado verano todo el mundo ha incrementado su nivel de ansiedad y susceptibilidad y aunque no hay mal ambiente… se ha instalado una tristeza y una desconfianza que ahoga cualquier atisbo de ilusión y entusiasmo. Se ha dado la salida a lo más competitivo de nosotros. Se ha despertado al monstruo empresarial que tan poco me gusta. Estoy incómodo. Me muevo con dificultad. Sé que en este entorno tan poco humano… yo no soy valioso. No es el entorno que hace brotar lo mejor que tengo. Me inmoviliza. Me anula. Me desprestigia. Y no me siento a gusto. No sé si será esa la razón por la que estos últimos días me estoy descubriendo con la sensibilidad a flor de piel. Y cuando estoy así… añoro.

Tal vez sea una herida real ante la que siempre quise mostrarme fuerte pero lo cierto es que hay momentos de mi vida en que, pese a lo feliz que estoy junto a mi mujer, mis hijo, mi comunidad… añoro a los que no tengo. No es que eche de menos situaciones ni que me deje envolver de recuerdos y entre en una espiral de melancolía insana. No es eso. Echo de menos a las personas, a aquellos a los que quiero y de los que puedo disfrutar tan poco. Echo de menos a mis padres, a mi hermano, a mis amigos de la infancia y la juventud con quien sigo vibrando cada vez que nos encontramos. Los añoro. Tal vez sea una herida real o simplemente el precio de la ausencia, el tributo de una apuesta vital fuerte y que salió bien.

Cuando hablo con mi mujer de esto sé que me escucha y me entiende aunque creo que es difícil ponerse en el lugar de uno cuando no has pasado por ello. También es verdad que yo no me sé explicar demasiado bien, ¿qué quieres que te diga?. Me cuesta hacerme consciente de estas ausencias y sólo es en momentos oscuros cuando percibo el frío del que está sin mantita. ¡Claro que mi mujer es refugio y abrazo! Pero cada uno aporta lo que quiere y puede desde su posición. Y la manta paterna, el calor del amigo, la mirada cómplice y conocida de aquel que lleva más de 20 años a tu lado… se echan de menos.

Este verano visité varias veces Coruña. Me sabía en casa. Y me acostumbro últimamente a disfrutarla y pasearla a solas. A recorrer esos rincones que nunca antes había recorrido de esta manera. Y me descubro entrando en lugares archiconocidos y tremendamente desconocidos a la vez. Me descubro entrando a teatros casi vírgenes, mirando jardines más que pateados, observando la bahía desde otro ángulo… Me descubro oliendo el mar y subiendo a tranvías por primera vez, como si todo fuera nuevo. Es una extraña sensación. Y aprovecho para cargarme de las risas de mi madre que tanto tiempo me dedica, entregada… Y observo con detenimiento a mi padre durmiendo la siesta, como cada día en su sofá a la hora del telediario… Y ceno con mi hermano y le escucho y le pego mil y una charlas de las que luego me arrepiento… SUC30603

A los amigos los echo también mucho de menos. Muchos quisieron explicar de qué va esto de la amistad pero creo que sólo el corazón sabe de sentimientos. No lo sé explicar. Ni lo pretendo. Cuando hablo de mis amigos hablo de aquellos que nos conocimos en el cole, algunos en la universidad… aquellos que saben de mi desde que teníamos 14 años o antes. Aquellos que han pasado a mi lado todo, de todo. Mis amigos conocen mi historia y yo la suya. Casi al dedillo. Conocemos a nuestros padres y nuestros padres nos tratan como de la familia. Mis amigos saben cómo soy y al revés. No hace falta decir mucho, ni llamarnos mucho. Estamos. Y estamos juntos. Los quiero. Y los necesito. Y no los tengo. Esa es la realidad. ¡No te imaginas, tú que estás leyendo esta carta, cuántos abrazos pendientes tengo con mis amigos! Abrazos que necesito dar. Abrazos que necesitan recibir. Abrazos que pido a gritos.

Me descubro frágil en estos días de oscuridad. ¡Vienen tiempos oscuros! le decía Gandalf a Frodo en su largo camino, en su importante y peligrosa misión. ¡Qué lejos queda la comarca!

Una carta siempre es una lancha de salvamento. Un salvavidas. Por eso escribo. Y hoy tocaba esto. La música, como siempre, a mi lado.

No tengo miedo. No estoy solo. No me siento solo. Tal vez algo triste. Tal vez sea eso. Y no quiero echar a la tristeza de un plumazo. ¡Dejadme sentir sus manos! Se me pasará. Tengo antídotos más que sufientes en casa, en la habitación de al lado o durmiendo en mi cama cada día o gastando la vida junto a mi. No es por antídotos. Simplemente quería contar esto. Quería contármelo. Traerlo a la primera línea de mi consciencia. Quería llorarlo un poquito. Sólo eso.

Un fuerte abrazo





Carta a Galicia

10 01 2007

Miña nai…

¡Cuánto tiempo hace que te quería escribir! Nunca encontré el momento. Aquí en Madrid, como sabrás, el tiempo es un bien preciado y lo que contigo me llevaba una hora aquí me puede ocupar una tarde. Pero aquí estoy. Recogido en mi habitación y envuelto por la música suave y embriagadora de Luar na Lubre. De esta vez no pasa.

¿Cómo te sientes? ¿Cómo estás? Supongo que las heridas provocadas por el fuego todavía están sin curar. ¡Y cuánto tardarán! Tus viejos montes, tus verdes campos, tus infinitos eucaliptos, tus otoñales castaños… ¿dónde están ahora? ¿Adónde fueron desalojados tras la tragedia? Sé que de ti no saldrá un gemido de queja. Te conozco. Tú nunca te quejas. ¡Así te va! Siempre la última. Siempre a la cola. Siempre olvidada. “Mexan por nós e decimos que chove”. Exacta afirmación. Yo me sentí muy mal. Sentí que una parte de mi era presa del fuego también. Lloré. Por ti. Porque no te lo mereces. Porque tu gente es humilde y trabajadora. ¡Porque te toca siempre a ti! Pero bueno, el tiempo lo cura todo. ¡Y la esperanza volverá a cubrir tu tierra! ¡Y las gaitas volverán a sonar alegres!

Yo estoy bien. ¡Esperando el segundo descendiente pseudogallego! Uno más al que contarle lo bonita que eres… Aquí en Madrid vivo a gusto con los míos. He aprendido a ser feliz entre atascos, carreras, obras… Es difícil encontrar tranquilidad fuera pero eso tiene su parte positiva: ¡tienes más ganas de llegar a casa, je, je, je! Ya sabes tú que las ciudades grandes tienen un encanto que me seduce demasiado aunque luego me pierda… Es lo que tiene la belleza: es capaz de edulcorar algo ácido. Pero no puedo negar que, a veces, te echo de menos. No muchas veces pero sí las peores veces. Ya sabes tú que cuando todo va bien nunca nadie se acuerda de nada. Son los malos momentos los que llaman a gritos a los recuerdos. Y entonces acuden a mi mente y a mi corazón tu viento costero en mi frente, el olor a mar de tus playas, la sutileza de la gran Torre de Hércules en la noche, los horizontes de inmensidad frente a la bahía, la familiaridad de tus pueblos y ciudades, el amor de la familia que permanece a tu lado, el aliento de los amigos que dejé contigo, el crepitar de las gotas de lluvia en tus aceras, el cofre con los 24 años de mi vida que te pertenecen…

Estoy orgulloso de ti madre Galicia. Estoy orgulloso de ser uno de tus hijos. Estoy orgulloso de ser tierra de tu tierra. Estoy orgulloso de pertenecer a un pueblo sufriente, a un pueblo pescador, a un pueblo de campo. Y se me llena la boca de grandeza cuando digo que soy parte de una tierra tan pequeña.

Nada más. Las gaitas siguen saliendo por los altavoces y cosquillean en mis oídos. Es hora de despedirse. Seguro que llegará el día en que vuelva a escribirte. Una de esas noches sin luna en las que busque en el cielo una pista clara que me recuerde quién soy y de dónde vengo.

Unha aperta. Moitos bicos. Quérote.

Trueno